Violencia obstétrica: Cicatrices que marcaron el cuerpo y alma de mujeres embarazadas.

Por: Gleidy Jimena Medrano Paquiyauri*

 

Gritos, Insultos, burlas, frases despectivas; palabras como “hijita”, “mamita”, “¡Si no te dolió cuando lo hacías, ahora tendrás que aguantar!” o “¿para eso abriste las piernas?” son los términos más comunes que usa el personal de salud para humillar a las madres que acuden a un establecimiento de salud esperando recibir una atención de calidad y ser atendidas por un equipo de profesionales durante su parto. Sin embargo, los llamados “profesionales de la salud” no han hecho más que ridiculizarlas, infantilizarlas y convertir su parto en una pesadilla.

 

Cintia, tenía 18 años cuando quedó embarazada. Su primera mala experiencia lo sufrió al acudir al centro de salud por un sangrado vaginal, pero fuera de ser atendida solo recibió gritos por parte de la obstetra quien la subió en una camilla, para una revisión que terminó en un “No tienes nada, como siempre exageran”. Más tarde, otra obstetra se acercó a medirle la dilatación, lo hizo tan bruscamente que Cintia se quejó y la obstetra le respondió “como te va a doler” y se marchó mirándola enojada.

 

El embarazo de Cintia tuvo complicaciones y terminó en una cesárea. Ella recuerda que, luego de tener a su bebé en brazos, no tuvo pezones para amamantarla, fue entonces que una enfermera de avanzada edad cogió una jeringa y jaló uno de sus pezones. Fue un momento doloroso cuenta. “Cuando me quejé por lo que me hizo, ella me gritó: ¡tu bebé morirá de hambre! y se fue furiosa”. Al día siguiente, sin importar el dolor que estuviera sintiendo a causa de la cesárea, las obstetras la obligaron a pararse y atender a su bebé, sin siquiera permitirle que alguno de sus familiares la ayudara.

 

El trato que Cintia recibió hace cinco años, es el mimo trato que siguen recibiendo miles de mujeres durante la atención de sus partos. Hay que entender que, parir no es solo un acto físico, sino también, una cuestión emocional que puede llegar a convertirse en una experiencia desagradable e incluso traumática si es que no se las atiende adecuadamente.

 

Cintia todavía recuerda la experiencia que marcó su vida y esas frases de “¿tu pareja sigue contigo?, “pobre de ti”, “ya te fregaste la vida” que las obstetras no se cansaban de repetirle. Ahora, no quiere ni imaginarse lo que sería de ella si tuviera que volver a pasar por algo así. Siempre ha querido estudiar una carrera y ser profesional, convertirse en madre a temprana edad no ha sido una excusa para seguir adelante. Hoy, continua sus estudios y cursa el octavo ciclo de su carrera en una universidad pública.

 

Un mal silencioso

 

El reportaje documenta los maltratos y vulnerabilidades a las que muchas mujeres han sido sometidas durante el proceso de parto y post parto. Un mal silencioso que a lo largo de los años se ha ido arraigando en la sociedad y al que aparentemente nadie quiere enfrentarse, y es que a veces es más fácil hacerse de la vista gorda y evitarse un problema más. Pero ya es tiempo de entender la violencia obstétrica como una forma de violencia de género y vulneración de los derechos humanos que muchas veces ha sido ignorada.

 

Es lógico que en el Perú, el término de violencia obstétrica no sea reconocido como tal, pero lo que sí es seguro, es que muchas mujeres reconocen haber recibido gritos, insultos y burlas por su llanto de dolor, haber sido sometidas a innumerables tactos vaginales sin consentimiento y por distintos obstetras, cuando este proceso debería ser practicado solo por un médico; haber sido desnudadas y olvidadas en los pasillos a la vista de todos o a que alguien se suba encima suyo para presionarles el vientre y obligar a que nazca el bebé.

 

La Organización Mundial de la Salud (OMS), en un informe presentado por las Naciones Unidas, ha reconocido el término Violencia Obstétrica como “un problema de salud pública” mencionando que este maltrato no solo viola el derecho de las mujeres a una atención respetuosa, sino también, pone en peligro su derecho a la vida, a la salud, a su integridad física y a no ser objeto de discriminación. En este sentido, la OMS plantea una reestructuración en la atención medica de las gestantes para garantizar el parto humanizado.

 

Sin embargo, pese a que, en el 2016, en el Perú se implementó el Plan Nacional de Acción contra la Violencia de Género (2016-2021), en la que se incluye la violencia obstétrica en una de sus dieciséis modalidades de violencia contra la mujer, aún no existen sanciones específicas de las que puedan sostenerse las víctimas, y menos existe información de cómo realizar una denuncia. Por ello, hoy en día, la violencia obstétrica sigue siendo un mal silenciado e invisibilizado por el personal de salud y la misma sociedad en general.

 

La violencia obstétrica no sigue una línea, no tiene una ruta y menos un sendero determinado. La violencia obstétrica, es un mal silencioso que ataca a miles de mujeres en el mundo.

 

Las huellas de la desidia

 

En el Perú, la ciudad de Lima registra la mayor cantidad de casos de muerte materna y defunción fetal y neonatal según el Centro Nacional de Epidemiología, Prevención y Control de Enfermedades del MINSA, donde el 59,1% de los casos de muerte materna, se deben a causas obstétricas directas, y en cuanto a la defunción fetal y neonatal, el 14%  de estas, se da por complicaciones en el embarazo, parto y trabajo de parto, lo que indica que la atención en los centros de salud no están siendo del todo eficientes.

 

El caso de Sonia es uno de los tantos que suceden a diario y demuestran que existe gran irresponsabilidad del personal de salud para brindar atención oportuna.

 

Había cumplidos cinco meses de embarazo cuando le dieron la noticia de que llevaba un embarazo gemelar. Los médicos le hicieron los exámenes necesarios y le dijeron que no se preocupara, que todo marchaba bien con los bebés. Sin embargo, no se habían cumplido ni siete meses y los dolores en el vientre le empezaron a llegar. Al acudir al hospital Hipólito Unanue del Agustino, fue internada debido a que su embarazo era de alto riesgo y solo al cabo de dos semanas fue dada de alta por la supuesta mejora.

 

“Apenas habrá pasado una semana y me volvió a dar los dolores; me llevaron de nuevo al hospital, pero en ese momento estaban en huelga, no había médicos ni obstetras, solo estaba una enfermera que me dijo, tienes que esperar tu turno, mira cuantos pacientes tengo que atender, que tu esposo vaya haciendo los papeles (…) es que mi atención solo era por SIS”. Tal vez, esta es una de las formas más graves de violencia obstétrica, donde una huelga pesa más que la vida de un paciente, y por si esto no fuera poco, todavía hay que pasar por una serie de papeleos y trámites burocráticos para ser atendido.

 

Los pequeños eran sietemesinos y nunca fueron puestos a la incubadora. Los médicos le dijeron que todo estaba bien y le dieron de alta. Pero al cabo de tres meses, uno de los pequeños enfermó y fue llevado de emergencia al hospital. “El doctor me dijo, tu bebé no está bien, le he medicado, pero no le hace efecto, mira su manito, no está normal, si tienen platita les puedo recomendar un buen neurólogo. Yo me asusté mucho, pero hicimos lo posible para llevarlo hasta San Borja y ahí nos dieron la triste noticia de que mi hijo tenía parálisis cerebral”.

 

A partir de ese entonces, Sonia y su esposo empezaron a andar de hospital en hospital buscando respuestas. Los médicos del Hipólito Unanue, les decían que estaban investigando y que podría tratarse de un problema genético. El bebé había pasado por una serie de análisis, tomografías, exámenes y más exámenes, pero nadie les daba explicación alguna. “Recién cuando fuimos a un hospital particular, los médicos revisaron las tomografías y nos dijeron que, al nacer, mi hijo había sufrido asfixia de dos minutos” contó.

 

Si bien, los servicios de salud en nuestro país, aun enfrentan enormes desafíos para garantizar un trato digno, responsable y basado en el respeto de los pacientes, no significa que una atención oportuna y de calidad, tenga que ir de la mano con lo que uno puede pagar, porque la pobreza, no debe ser sinónimo de discriminación.

 

La entrevista con Sonia, terminó con unas palabras que nos llevaron a reflexionar sobre lo difícil que puede tornarse realizar una denuncia si no cuentas con el dinero suficiente para contratarte un abogado y seguir los innumerables procesos que esta necesita. En estas circunstancias, la necesidad de darle una vida digna a tus hijos, incluso con lo poco que puedas ganar, pesa más que seguir un largo proceso legal que no sabes en que va a terminar.

 

Las razones por las que muchas mujeres acallan este tipo de violencia pueden ser diversas. Rosa Rivera, psicóloga social independiente, especialista en el tema, menciona que uno de los factores es el miedo; está el miedo al rechazo, al qué dirán o miedos que las acompañan desde la infancia, incluso se encuentran los miedos que derivan de la baja autoestima, pero principalmente, está la normalización y estigmatización de la violencia contra la mujer como una práctica cotidiana.

 

Frente a este caso, Victoria Solís, abogada y asesora legal del Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, menciona que, es sumamente necesario implementar un área de defensa para víctimas de violencia obstétrica como lo viene haciendo el Centro de Emergencia Mujer con la violencia sexual y familiar, porque son muchas las mujeres que no cuentan con recursos para enfrentar un proceso legal y este, es un cambio que se tiene que dar para que la defensa de estos casos sea asumida gratuitamente.

 

Sonia, se ha convertido en una víctima más de la negligencia médica en el parto. Hoy, su hijo tiene 15 años y tiene parálisis cerebral. Pese a las enormes dificultades que enfrenta como madre, siempre estado ahí para su hijo; un pequeño que aprendió a manifestarse a través de sonrisas y sacudidas, lo que es suficiente para darle alegría a toda su familia.

 

Cuando la violencia obstétrica no tiene fronteras

 

La violencia obstétrica no solo está presente en las grandes ciudades como la capital o en los departamentos con mayor cantidad poblacional; sino más bien, está presente en lugares donde la violencia contra la mujer ha sido normalizada hasta el punto de pensar que, la actividad sexual de las niñas deba iniciar a los 12 años o que adolescentes entre 14 y 19 años, están en la edad adecuada para llevar un embarazo.

 

Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), Ucayali es el tercer departamento con mayores casos de embarazos en adolescentes y el cuarto con mayor índice de mortalidad materna por causas obstétricas evitables. Sin embargo, lo más preocupante de estos reportes es que, solo en el transcurso de un año (2018 - 2019), se ha registrado un incremento considerable en ambos casos, poniendo en evidencia que es uno de los blancos de la violencia obstétrica.

 

Asenat, es natural de Pucallpa. Ella al igual que muchas mujeres ha sido víctima de violencia obstétrica hasta en dos oportunidades. La primera, fue cuando tenía 18 años y acudió al Hospital de Apoyo Amazónico porque se le había roto la fuente, pero al ver que se encontraba estable y no presentaba contracciones, las obstetras no le tomaron importancia y la dejaron esperando.

 

“Yo sentía que mi hija iba a nacer, pero ellos decían que no, que recién en la noche, que nunca han visto que el bebé nace ahí mismo. Además, cuando van a nacer les duele el vientre y a mí no me dolía. Me hicieron caminar a la sala de parto de tanto insistir y se llevaron la sorpresa de que el bebé estaba a punto de nacer, me obligaron a que me detenga y ni siquiera se pusieron bien sus guantes porque el bebé ya les había ganado”.

 

La segunda vez que la violencia obstétrica marcó su vida, fue en su segundo embarazo, cuando una obstetra le presionó el vientre tratando de sacar al bebé a toda costa y al no lograrlo, no pensó en otra cosa más que meterle las manos en la cavidad vaginal forzando la dilatación, “me abrió con fuerza hasta que un líquido empezó a bajar entre mis piernas, ellos lo estaban provocando y me causaron una infección” contó.

 

Asenat no quería una cesárea y tal vez el trato anterior no fue suficiente para la obstetra que le gritó “No me importa si tu hijo nace vivo o muerto, pero igual te hacemos la cesárea” y a esto, se sumó el médico diciendo que le haría una ligadura de trompas, a lo cual ella se negó y el médico no hizo más que gritarla. Ni la edad, ni el número de hijos y menos los factores económicos pueden quitarnos el derecho a tomar nuestras propias decisiones sobre nuestra salud sexual y reproductiva.

 

Le preguntamos si sabía que esto era un maltrato, y si alguna vez había pensado en denunciar. Yo sé que es un maltrato dijo, “pero como somos de la chacra no nos hacen caso, sentimos que no tenemos apoyo, que no tenemos asesoría, ni alguien que nos diga que se puede denunciar; sentimos que no podemos hacer nada porque ellos lo ven como algo normal, entonces tenemos que soportar y callarnos. Además, tú vas confiando en que los médicos saben y te van a atender bien, y si ellos mismos no nos entienden, quién nos va a entender” terminó.

 

En el Perú, la violencia obstétrica no está penado, pero sí se sancionan los delitos contra la violencia de género como la violencia sexual, los maltratos físicos, psicológicos y el acoso, los que muchas veces suelen cruzarse con casos de violencia obstétrica y que, de una u otra manera pueden ayudar a encontrar justicia para las víctimas y sanciones para sus agresores.

 

Victoria Solís, asesora legal del Centro Flora Tristán, menciona que, el Código Penal establece que no solo se trata de abuso sexual, cuando se introduce el pene o la parte genital en la vagina, sino también, cuando hay introducción de objetos o partes del cuerpo como la mano. Por lo tanto, cuando se practican tactos vaginales innecesarios y sin consentimiento, pueden considerarse un acto de violación sexual, y el no contar con normas legales que la identifiquen como violencia obstétrica ni con procedimientos específicos que la atiendan las limita aún más.

 

Otro tema del que no se debería dejar de hablar, son las cesáreas que se realizan de manera innecesaria. La Organización Mundial de la Salud, recomienda que la frecuencia de cesáreas practicadas, no deben superar el 15% del total de partos. Estas recomendaciones se fundamentan en que las cesáreas al igual que los partos instrumentales, ponen en peligro la salud de la madre y la del niño, las mismas que pueden dejar secuelas físicas, psicológicas y que incluso, pueden afectar el vínculo madre - hijo.

 

Sin embargo, parece que, en el Perú, realizar una cesárea se ha vuelto una práctica cotidiana y las estadísticas lo demuestran. Según la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar (ENDES), hasta el primer semestre del 2019, las cesáreas se han incrementado de un 28,6% a un 33,7% en solo cinco años, lo que al mismo tiempo se convierte en un indicador de la mala calidad de gestión hospitalaria.

 

Ayacucho: madres marcadas por la violencia obstétrica

Todavía existe una enorme brecha para enfrentar las desigualdades entre las zonas urbanas y rurales. Según el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI), en Ayacucho, más de 140 mil mujeres viven en zonas rurales, muchas de ellas no tuvieron la oportunidad de acceder a una educación, condición por la cual son excluidas. Sin embargo, otro problema que afecta con mayor frecuencia a las mujeres rurales, es la violencia en sus diferentes modalidades, una de ellas la violencia obstétrica, y este es el caso de Tania.

 

Tania, tenía 16 años cuando vivió la peor experiencia de todos sus partos. En aquel entonces residía en el distrito de Vischongo de la provincia Vilcas Huamán y trabajaba como empleada de hogar. A pesar de los años, todavía recuerda con detalles el día de su parto. Habla castellano, pero se desenvuelve mejor en quechua, por eso decidió contar su testimonio en su lengua materna.

 

El día que sintió los dolores del parto, su patrona se la encargó a dos enfermeras quienes la trasladaron a la posta y la dejaron en una camilla retorciéndose de dolor por largas horas. A pesar de que ella lloraba y gritaba de dolor, nadie le prestó atención alguna hasta que llegara su turno; cuando por fin la atendieron, la dilatación no le avanzaba y la enfermera sin respetar su dolor ni llanto, le introdujo las manos en la cavidad vaginal, la agarró de lado a lado y le abrió con tanta fuerza que llegó a provocarle un desgarro.

 

Tania recuerda que esa fue la experiencia más aterradora de todos sus partos, porque incluso fue amenazada por las enfermeras que le mostraron unas enormes tijeras diciéndole “si no te enfermas te vamos a abrir con esto”. Ella era una adolescente que, en ese entonces, más que amenazas necesitaba un apoyo moral, pero estaba sola, sin nadie que pudiera apoyarla. Al final del parto, tuvo que padecer otro dolor insoportable cuando le cocieron el desagarro sin aplicarle anestesia alguna.

 

Posterior al nacimiento del bebé, estuvo internada durante tres días en los que prácticamente fue abandonada ya que, no recibió atención alguna. El primer día de puerperio, recuerda que solo le dieron de comer una galleta soda, un tarro de leche y unos cuantos plátanos, los dos días siguientes nadie se acercó a preguntar cómo estaba, y ni siquiera le dieron alimento alguno, pese a que los médicos recomiendan que la alimentación durante el puerperio es fundamental para que las madres puedan recuperarse del parto y amamantar a su bebé.

 

Hasta el día de la entrevista, Tanía jamás pensó que podía tratarse de un tipo de violencia, siempre creyó que el trato que había recibido era normal y que seguramente siempre es así. Tal vez el problema más grande que hay que enfrentar, es la normalización de la violencia obstétrica, ya que, si bien los testimonios recogidos hasta ahora, evidencian experiencias negativas en el parto, las victimas no la reconocen como tal, pero sí los mantienen presente en sus recuerdos.

 

Por otro lado, hay que entender que esto, no solo tiene que ver con el trato del personal de salud, sino también, con cuáles y cómo se están dando a conocer los derechos de las mujeres en los centros de salud para que ellas entiendan y puedan exigir sus derechos. Lamentablemente la falta de educación e información sobre nuestros derechos sexuales y reproductivos, así como nuestros derechos humanos, hace que exista agudización de la violencia obstétrica en las zonas rurales.

 

Otro caso suscitado en el departamento de Ayacucho, que fue recogido por el medio de comunicación y web de noticias e investigación “Mano Alzada” es el de Mary Núñez, Socióloga sanmarquina, quien decidió llevar su embarazo en el lugar que la acogió con tanto cariño y que hoy, su personal médico la ha convertido en una víctima más de la violencia obstétrica, pero Mary no se quedó callada y denunció el caso públicamente, a través de sus redes sociales, porque siempre ha tenido claro que sus costumbres deben ser respetadas.

 

Un 28 de enero del 2018, de acuerdo a sus creencias y costumbres ancestrales, Mary dio a luz en su domicilio. Cuando su esposo Jorge Luis, se acercó al hospital a solicitar el certificado de nacido vivo de su hija, se negaron a brindárselo mencionando que, la madre debía acercarse al hospital para hacerse los exámenes correspondientes, pero Mary no se encontraba en condiciones para ir porque acababa de dar a luz. Ese mismo día, un equipo médico se apareció en su casa y sin respetar su condición de puérpera, empezaron a recriminarle el haber dado a luz en casa.

 

“Cuando me revisaron yo hacía sentir mi molestia, sentía que la obstetra me hacía el tacto vaginal muy fuerte; tal vez el hecho de parir me haría más sensible, pero lo que me molestó es que al manifestarle mi molestia me respondiera que apenas me estaba tocando”. Minutos después, la pediatra le preguntó si había estudiado una profesión, algo que no tiene relevancia en el análisis del caso, pero cuando ella respondió que sí, no dudaron en recriminarle que si tenía grado de instrucción como se atrevía a parir en condiciones antihigiénicas; como si el grado de instrucción de sus pacientes determinara el trato que van a recibir.

 

El caso de Mary no quedó ahí, ya que al día siguiente se acercó un fiscal penal, quien advirtió a la pareja que, si no iban al hospital en 24 horas, serían detenidos por resistencia a la autoridad, añadiendo que se encontraban en un estado laico y que sus creencias, credos y costumbres no valían más que la ley de la salud. Se ensañaron tanto con la pareja para que luego de una discusión, amedrentamiento e incluso sobornos, le dijeran que debía comprar un FUT y cancelar el monto de s/12.50 si querían solicitar el certificado, aun cuando la emisión de este, es totalmente gratuito.

 

La abogada, Victoria Solís, explica que para enfrentar la problemática de la violencia obstétrica debe haber una mirada desde el enfoque de género y al mismo tiempo un enfoque basado en los derechos de las comunidades que permita a las mujeres indígenas y a quienes yacen en ella, parir de acuerdo a sus costumbres y creencias ancestrales. Si bien desde el 2016, se ha dado un pequeño avance con la implementación de una Norma Técnica que permite a las mujeres optar por un parto vertical, como parte de su identidad étnica, no solo basta con tenerla, el reto está en ponerla en práctica.

 

Los casos de Tania y Mary, son la prueba más clara de que existe una gran vulneración de derechos en las zonas rurales y para quienes optan vivir en ella. Es así que cuando por fin, una voz es levantada para realizar una denuncia; leyes y normas que la reconozcan brillan por su ausencia, haciendo que estas se pierdan entre las estadísticas, y el caso de al menos 7 de cada 10 madres víctimas de violencia obstétrica, se queden en simples historias y permanecen invisibilizadas.

 

Madres adolescentes, el blanco de la violencia obstétrica

Se suele creer que la atención de los servicios de salud en las zonas urbanas, es mucho mejor que en las rurales. Sin embargo, lo hechos demuestran lo contrario.

 

Recogimos algunos testimonios de madres adolescentes que fueron atendidas en las diferentes postas y el Hospital Regional de Ayacucho, donde efectivamente, encontramos diversos casos que evidencian las malas praxis en la atención de la salud reproductiva de sus pacientes, lo que al mismo tiempo indica que existe violencia obstétrica.

 

Lisbet, fue víctima de violencia obstétrica cuando estuvo a punto de expulsar a su bebé en uno de los servicios higiénicos del hospital. El día de su parto, se dirigió al EsSalud, esperando recibir la atención necesaria. Sin embargo, al llegar y alertar al personal médico, le dijeron que tenía que esperar. “Yo ya estaba dilatando, volví a insistir a las obstetras y me decían que no, que todavía faltaba y se pusieron a dormir, pero cuando fui al baño, sentí que mi bebé se me quería salir, recién ahí se asustaron y me llevaron a la sala de parto”.

 

Otro caso de violencia obstétrica, sucedió en la Posta Santa Elena. Any fue atendida por una obstetra que la subió en una camilla y la dejó desnuda en un pasillo por donde pasaban médicos y enfermeras. “Estuve ahí por largo rato, lamentablemente no podía pararme ni tenía la ropa al lado para cubrirme, ni siquiera dejaron entrar a mi pareja para que pudiera ayudarme” cuenta.

 

El mismo día que Any daba a luz, en la sala de parto se encontraba una menor de aproximadamente 15 años, quien había ingresado antes que ella, pero al parecer no podía dar a luz porque su dilatación no avanzaba. “Ella lloraba y gritaba mucho, imagino que era por el dolor, pero las obstetras en vez de apoyarla le gritaban más y le decían que colabore”.

 

Los testimonios recogidos, pertenecen a madres adolescentes, evidencia suficiente para darse cuenta que, junto a las madres indígenas, son los grupos más vulnerados por la violencia obstétrica. Rosa Rivera, Psicóloga Social, menciona que un embarazo adolescente puede causar graves consecuencias en la salud física y mental de la madre, debido a que aún no han alcanzado la madurez necesaria. Por lo tanto, las consecuencias pueden ser mayores, si a esta se suma el trato negligente e inhumano del personal de salud que las atiende durante el parto.

 

Del mismo modo, la Asesora legal, del Centro Flora Tristán, señala que hay que prestar mayor atención cuando se trata de embarazos en menores de 14 y 15 años ya que, no se descarta la posibilidad de que estén llevando un embarazo producto de una violación sexual. “Hay que cuidar la salud mental de las adolescentes ya que, en estos casos, la violencia obstétrica se presenta como un segundo agresor, culpabilizándolas de por qué confiaron, o incluso de por qué se dejaron violar” explicó.

 

Violencia obstétrica en tiempos de pandemia

Es importante mencionar que en el contexto de la pandemia por el COVID-19, la violencia obstétrica está siendo aún más invisibilizada, debido a que de la noche a la mañana se ha dado un cambio en los protocolos de atención de los centros de salud que prácticamente, están siendo saturados por el coronavirus y si antes había una mala praxis en la atención de un parto, hoy en día es aún más precaria.

 

Sin embargo, hay que entender que el problema en sí, no es la expansión del COVID-19, sino más bien, la mirada hacia la atención del parto con la que contamos ya que, el estado de emergencia en la que nos encontramos no hace más que intensificar las prácticas que ya existían, y es en este contexto donde más debemos exigir que el estado brinde una atención adecuada para las mujeres embarazadas.

 

La abogada, Victoria Solís, señala que, si bien se ha establecido dos normas técnicas para la atención de las gestantes tanto en la etapa prenatal, a través de un seguimiento continuo vía llamadas telefónicas, como para la atención del parto, garantizando espacios diferenciados y evitar contagios, el gran problema de estas normas es que no incluyen ni mencionan la violencia obstétrica como algo que se tenga que prevenir en el contexto de la pandemia, lo que es muy preocupante porque el sistema de salud está más débil que nunca.

 

El pasado 16 de junio del 2020, del diario RPP reportó una noticia con el siguiente titular: “Mujer en labor de parto fue rechazada de varios hospitales por tener coronavirus”. Esta es la realidad en la que nos encontramos hoy en día, pese a que la OMS, en uno de sus comunicados, ha dejado en claro que todas las mujeres, incluso aquellas que tengan el COVID-19, tienen todo el derecho de acceder a un establecimiento de salud y recibir una atención adecuada en el proceso de parto.

 

En este contexto de pandemia, nuestro sistema de salud nos ha demostrado que aún queda mucho por avanzar. Hoy más que nunca, tenemos la oportunidad de crear un cambio y reconstruir un sistema de salud equitativo que no solo preste atención de calidad a quienes tengan mayores posibilidades económicas, sino más bien, un sistema de salud con igualdad de condiciones para las áreas urbanas y rurales, con mayores estándares de derechos humanos, sea cual sea el campo en el que se brinde la atención médica

 

Finalmente, nos toca tomar conciencia y ser la voz de quienes no tienen voz, eco de quienes alguna vez la alzaron para denunciar y fueron silenciadas porque no existe leyes ni normas que las amparen.

 

Exigir un parto humanizado no es un lujo, es un derecho. Derecho que se ha ido vulnerando e invisibilizando a lo largo de los años, dejando cicatrices en el cuerpo y alma de miles de mujeres en el mundo, cicatrices que llevan un nombre, “Violencia Obstétrica”.

 

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*Sobre la autora

Gleidy Jimena Medrano Paquiyauri es estudiante de la Escuela Profesional de Comunicación Social de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga. Ha ocupado el segundo lugar en la categoría "Estudiantes" del Segundo Concurso Nacional "Comunicación por la Igualdad.